Raphael
Raphael

Alvaro Vargas Llosa
7días


Mi encuentro con Raphael (¿sabe alguien que se apellida Martos Sánchez?) es en su casa de Key Biscayne, una fina mansión cuya piscina confunde su perspectiva con el mar, donde el cantante se aísla cada vez que puede para ver películas y estar con su familia. Yo conocía mejor a Natalia Figueroa, su esposa, antigua compañera mía del diario español ABC, que a él, de quien oí hablar por primera vez, como toda mi generación, cuando era un niño de pantalón corto. Es -como todas las que funcionan- la pareja más extraña del mundo. Ella, noble, él cantante; ella, centrada, él más loco que nunca; él, trotamundos empedernido, ella amante de la quietud, apenas rota para sus reportajes, pasión de su vida. Key Biscayne es una buena transacción: aquí nadie es marqués, porque nadie es nada.

Raphael es historia viva: historia de la canción en español, historia de la España que simbolizó durante décadas, historia de la América que conquistó antes que Julio Iglesias. Palabras que suenan graves relacionadas con alguien tan lúdico, tan poco solemne, tan gestual, tan histriónico, tan adolescente. Sí, como todos los famosos, es vanidoso. ¿Puede negarse algo de vanidad en quien no conoce otra relación con el medio ambiente que el halago continuo de que es objeto? En todo caso, la suya es una vanidad que enternece, que humaniza, que reduce a dimensiones de maqueta al ídolo de la vida exterior. Es también la vanidad del hombre consciente del paso de los años -han pasado 57 desde que vino al mundo en Linares, Jaén-, con su continuo torrente de nuevas e insolentes figuras -los Alejandro Sanz, los Luis Miguel.

Esa extraña argamasa que todavía unen a España y América está hecha de gentes como Raphael, que es un español de América desde siempre. De estos temas transatlánticos también se habla aquí, como se habla de política, a la que nadie que tenga poder -y el canto es una forma grande de poder- es ajeno, aunque lo quiera.

En la intimidad

- AVLL: ¿Te refugias aquí en Key Biscayne, con frecuencia?

- R: Estos retiros míos son poco usuales. Voy a estar un mes sin cantar; no me voy a acordar cuando vuelva. Pues yo creo que hacía como quince años que no conocía de un mes seguido. Además, la imagen que estoy dando ahora mismo, menos mal que nadie me ve, es un poquito insólita, porque me baño en el mar, cosa que nunca hago porque siempre estoy en avión, en hoteles. Monto en barca tomo el sol, me estoy poniendo hasta moreno, cosa también inusual en mí: cuando me agarren ahora mis fotógrafos al llegar a Madrid no me van a conocer, porque yo siempre soy muy blanquito. Estoy haciendo una vida de descanso: leer mucho, hablar muy poco y descansar mi voz para el día que reanudo mi actividad normal.

- ¿Usas Miami como puente entre Europa y América Latina?

- Temporadas, temporadas, paso pocas, pero sí paso por aquí a menudo. Si estoy en Nueva York o en Los Angeles, siempre paso por acá. Si voy a México, paso por aquí; si voy a Venezuela, paso por aquí. En realidad yo tengo la ropa mía aquí y en Madrid; eso me viene muy bien porque viajo sin maletas, llego aquí, cargo las cosas, y ¡ala!... Y mi secretaria vive aquí, y todos partimos desde acá cuando estamos en América, ¿no? Y cuando estamos en Europa, o en Rusia, pues de España.

- ¿Cómo es la vida de Raphael en la intimidad? En este mes de reclusión monacal, me dicen que ni siquiera sales, salvo a cenar una vez. ¿Cómo existes entre cuatro paredes, sin público?

- Yo creo que desde que estoy aquí he salido dos veces y estamos pensando si saldremos la tercera. No, lo que pasa es que no hago nada aparte de leer, ver mucha televisión, películas enteras donde no hay publicidad, oír mucha música, bañarme en el mar.

- ¿Qué películas ves, qué libros lees, qué revistas lees?

- Pues mira, en televisión, como yo duermo muy mal, fatal, pues yo me veo todos los días dos o tres películas más la película de video. Me he puesto al día porque he visto hasta El Zorro, fíjate.

- ¿Qué te pareció la actuación de Antonio Banderas?

- Antonio está muy bien, está fenomenal.

- ¿Has visto la de Spielberg, Saving Private Ryan (Salvar al soldado Ryan)?

- Sí, lo que pasa que es un poquito fuerte, pero es muy buena película, buenísima, como todo lo de Spielberg. Y volviendo a Antonio, a mí me cae muy bien porque aparte de que somos andaluces los dos me encanta verlo y lo bien que va en Hollywood.

El día que rodé por el suelo

- Tu última gira fue un poco aparatosa, porque tuviste un pequeño gran accidente en Venezuela. ¿Qué pasó exactamente? ¿Cómo es posible que se cayera en el escenario un hombre con tantas tablas?

- Es que no fue en el escenario, fue en una escalera fuera del escenario, o sea, una escalera que bajaba del escenario al público. Estaba todo el teatro encendido, había mucho entusiasmo de la gente y entonces yo bajé; y cuando yo bajé y estaba recibiendo la ovación del público, apagaron toda la sala. Ya no vi la escalera, cuando quise retroceder no la vi; fue una caída tonta, una caída de idiota, que suelen ser las peores. Muchas veces te caes, pones la mano, te sujetas, y ya está. Y yo la puse y me rompí la muñeca. Me operaron, y muy bien en Colombia, en Cali, y no es que lo diga yo, lo han dicho todos los médicos que después me han visto, tanto en España como en Estados Unidos.

-¿ Te pusieron clavos?

- Sí, unos seis clavos que sujetaban todo el hueso. Me los quitaron y la verdad he de decir que no me ha dolido mucho. Claro, dolió recién operado, pero después no me ha dolido, no me he roto ningún tendón, por suerte. Lo que he estado es muy molesto cantando, nueve semanas, con todo eso puesto, sin poder manejar mi mano derecha. Me he dado cuenta de que en realidad todo lo hacemos con la mano derecha, la izquierda sirve para poco, no sé por qué, pero fíjate que todo en la vida no es negro ni blanco, es gris. Esto me ha servido para darme cuenta de lo que la gente me quiere. Han estado soportando durante 9 semanas a un señor que no podía mover una mano, les daba igual, yo creo, que he tenido más éxito que en toda mi vida, porque la gente salía diciendo: "Y eso que está el pobre con una mano".

- Eso es jugar con ventaja...

- Sí, pero ya me han quitado las ventajas: me han quitado los clavos, ya puedo mover mis manos, ya otra vez a dar el callo...

- A ti te suelen pasar cosas muy aparatosas siempre. Me contabas, incluso, antes de comenzar que te electrocutaste una vez. Nunca te pasan las cosas en pequeño...

- Es que para mí todo es a lo bestia. Yo normalmente no me pongo enfermo nunca, ni agarro resfriados, ni estoy afónico nunca. Nunca estoy malo, siempre estoy en perfectas condiciones de dar mis conciertos todos los días, que son bastantes pesados, porque duran tres horas; y más como yo canto, que es bastante fuerte. Pero cuando me pasa algo, me pasa ya para 20 años. Yo me electrocuté en Barcelona, me dieron cinco cólicos nefríticos, de los cuales no quiero ni acordarme, cuando yo era muy jovencillo. Una vez en el escenario, yo creí que me estaba dando un infarto y lo que me estaba era quedando totalmente sin potasio. Cuando me llevaron a la clínica, a Urgencias, esa noche, el médico me dijo: "Dos horas más, e ingresas cadáver". Desde entonces, mi pastilla de potasio todas las mañanas. Porque, claro, yo sudo mucho, cosa de la que después me he enterado, y elimino todo el potasio.

- ¿Era por la tensión nerviosa?

- No, por el transpirar todos los días en el escenario, que es muy fuerte. Esa vez hubo que suspender 3 días porque tenía que recuperar el potasio perdido. Pues eso lo tenían que poner por sueros, porque por pastillas tardas 3 meses en recuperarlo. Por eso te estoy diciendo que todo lo que me pasa siempre es a la tremenda.

- El día que te dé una gripe, será terminal...

- El día que me dé una gripe, directamente me llevan ya al cementerio.

- ¿Eres capaz, Raphael, de ponerte serio?

- Yo soy un hombre muy serio, lo que pasa es que has empezado a hablarme de esos traspiés que me dan y es que tienen su gracia. Yo, por lo pronto, en el libro que acabo de publicar, los trato con mucho optimismo, porque no me voy a poner triste encima; es que me pasan unas cosas muy raras.

El memorioso

- Acabas de publicar tu libro de memorias. Cuando uno se pone a escribir sus memorias, pasan cosas muy importantes. Supongo que el libro que terminaste escribiendo no es totalmente el que empezaste a escribir, el que tenías planeado, ¿no?

- No, es mucho más corto y ha salido con 500 o 600 páginas, pero originalmente debería tener mil. Llegó el momento en que no podía ser; entonces empecé, como se dice en el argot literario, a peinar el libro, y a peinarlo lo más posible y, bueno, se quedó como en unas 600 páginas.

- ¿Por qué escribiste Y mañana qué?

- Porque lo que hay allí el público no lo ha leído nunca. Ten en cuenta que a mí las entrevistas que se me hacen, sobre todo las escritas, normalmente son inventadas. A mí me agrada mucho hacer cosas para la radio y me gusta muchísimo hacer cosas para la televisión, en directo, donde no pueden montar nada, ni cambiar tu manera de hablar.

- ¿Te han hecho mucha trampa?

- Muchísima, pero eso no me enfada. Muchas veces, si yo llego a un país y hay 50 periodistas con su entrevista preparada, yo no puedo atender a todo el mundo. Es una cuestión de tiempo. Entonces diez se atienden, y los otros 50 se la inventan. Lo entiendo.

- ¿Qué haces frente a eso, no te enfadas?

- No, no me he enfadado porque comprendo que ellos tienen que hacer su trabajo; lo que sí espero, es que nunca se inventen demasiadas cosas. Yo no las leo, para no llevarme berrinches. Yo lo noto enseguida; entonces, si no estoy hablando yo, no lo leo.

- La experiencia de rememorar tu vida para el libro, ¿fue difícil, traumática, divertida, fue un juego?

- No, un juego no. Traumática, tampoco, Ha sido muy divertido, muy emocionante para mí. ¿Cómo llegué a eso? De tanto inventarse sobre mí, dije: "Señores, voy a contar yo mi historia, porque cada uno cuenta la suya, y no es posible: mi niñez la he vivido yo y no la han vivido ellos, mi juventud la he vivido yo, mis amores, mis desamores, mis idas y venidas, todas esas cosas las he vivido yo y ellos no saben nada de esto.

Natalia, en cámara lenta

- ¿Cómo conociste a Natalia Figueroa?

- Yo la conocí en un teatro en Madrid. Me entregaban un premio y ella fue a entregar a otras personas otros premios y a mí me lo entregaba la presentadora oficial. Ahí nos conocimos.

- ¿Fue amor a primera vista?

- No, no, hombre. Me gustó muchísimo. Fuimos a comer juntos con varios amigos, pero no, fue otra cuestión más especial.

- Se fue desarrollando con el tiempo. ¿Te hizo caso al principio?

- No mucho, tampoco yo esperaba que me hiciera mucho caso, tampoco yo iba de una manera...

- Tampoco rogabas...

- No, es que yo no pensaba en eso: ten en cuenta que yo era demasiado jovencillo, yo era un pipiolo, un meme. Empecé a escribirle desde todos los países donde yo estaba, y lo primero que le decía era: "No me contestes, porque no lo recibo, cuando te llegue esto, ya yo no estoy ahí, ya estoy vaya usted a saber dónde". Y siempre que iba a Madrid, nos veíamos, pero fue una cosa que fue aumentando de tamaño con el tiempo, que no fue así de golpe. Me gustaba mucho y yo a ella parece ser que también, pero nada más.

- El año pasado cumpliste tus 35 años en el mundo del canto...

- Cantando, siempre. Desde el día en que gané el Festival de Benidorm, porque ése fue para mí el principio. Ahora que la gente lee el libro, dice: "No, empezó mucho antes". Claro, si yo cantaba a los 4 años ya, y a los 9 años ya me dieron el premio a la mejor voz de Europa, en Salzburgo, en Austria. Lo que pasa es que para mí todo eso era muy divertido, un juego: yo fui a Salzburgo como el que va a la esquina.

- ¿Cómo acabaste en Salzburgo?

- Yo entré en una escolanía a los 4 años, porque hacía falta una voz como la mía y una manera de hacer como la mía. Mi hermano es el que me recomendó, porque él cantaba en ese coro. Cuando oyó que necesitaban una persona con determinadas características, dijo: "Yo tengo un hermano que está todo el día cantando y bailando, pero, claro, muy chico, tiene 4 años". Dicen: "No importa, tráelo". Llegué y me quedé de capitán general y me quedé hasta que ya me fui a los 10 años de allá y se rompió todo. Porque yo era, digamos, el centro de todo eso. Pues yo a los 4 años, ya mandaba, ya estaba en plan muy estrella. Me hace mucha gracia recordarlo, porque me acuerdo perfectamente de todo, hasta de diálogos.

- Pasaron los años y cumpliste muchos años cantando. Este año salió tu disco número 76. ¿Necesitas, para vivir, grabar con una periodicidad determinada?

- Yo no planeo, normalmente, pero ahora grabo una vez al año, una vez cada año y medio, porque considero que hacer demasiado es atosigar a la gente. El año 1998 no he querido sacar ningún disco porque está mi libro. Y no pueden estar libro y disco y película y televisión, todo a la vez, y mis conciertos, que es lo importante para mí. He esperado a 1999 para mi siguiente disco.

Yo no me oigo

- A lo largo de esta carrera impresionante que has tenido, ¿qué cosas han cambiado y qué cosas se han mantenido como permanentes?

- Mantenido como permanentes, siempre las dos cosas más importantes que yo pueda tener. Una es mi voz.

-¿Tu voz no sufrió modificaciones en todo este tiempo?

- No demasiadas. Si quieres, es más grande que antes. Antes yo tenía una voz demasiado aguda y muy finita, y ahora es muy ancha y con los mismos agudos, pero es muy grande. Yo antes no me atrevía a cantar en un teatro sin micrófono, ahora sí es lo normal. Lo que es la particularidad de una voz es el color, el color sigue ahí. Y la otra cosa que más me importa a mí es la forma de hacer y de decir las cosas, o sea el sello, el sello de Raphael, que es lo que más me importa a mí.

- ¿Tú te oyes a ti mismo hace 20 años, te reconoces a ti mismo inmediatamente?

- No, es que yo no me oigo, ni hace 20 años, ni ahora, jamás. Ése es uno de los secretos que yo siempre he guardado más celosamente, porque si yo me oyera mucho... Yo me oigo cuando estoy grabando y cuando lo oigo terminado para darle mi aprobación, con la ayuda del compositor, por supuesto. Si ya lo doy por válido, ahí se quedó. Ya es muy raro que yo lo oiga porque yo siempre canto en directo. En alguna televisión que te obliguen hacer un play-back porque es en exteriores, pues lo oigo y a mí no me gusta oírme. Si te oyes muchas veces, los defectos que tienes acaban gustándote. El modo de evitar eso, es no escucharte. Aquel artista o aquel cantante que se gusta a sí mismo, que se oye muchísimo, está ya muerto, porque no tiene nada nuevo que aportar, se recrea en lo que ha hecho y todo lo encuentra bien.

- ¿No eres cantante de una sola canción?

- No, ¡qué va! Además, cada vez que yo canto mis canciones son diferentes porque las estoy haciendo en ese momento y dependen de mi estado de ánimo: de si estoy muy alegre, si estoy triste, si estoy melancólico, si estoy romántico, si estoy paciente, si estoy muy alterado.

- ¿Para qué cantas, por qué cantas?

- Esencialmente, y que me perdonen, yo canto para mí. Desde el momento en que yo canto para mí, ya puedo lanzar mi mensaje al público. Si yo no hiciera las cosas gustándome ese mensaje, no se lo podría dar al público. Yo al escenario salgo con nervios, pero no nervioso; o sea, yo salgo con un ligero pellizco en el estómago que es el sentido de la responsabilidad, pero salgo tranquilo, yo soy consciente de lo que tengo que hacer, no puedo estar: aquí nervios, aquí nervios, porque entonces no hago nada. Es la forma de conseguir que el público se ponga de pie, es la forma de transportar, de lanzar mi persona y mi mensaje, mi personalidad, desde el escenario al público, que eso es muy difícil conseguir. Pero cuando se consigue, es a base de trabajarlo mucho y no gustarte a ti mismo.

La vanidad

- Pero, después de tanto éxito, de una carrera tan importante, tan larga, qué difícil es no gustarte a ti mismo. Los poetas consagrados se oyen a sí mismos y se deleitan en sí mismos. Con un cantante pasa algo igual: si ha tenido tanto éxito y además se sabe bueno, qué difícil es no gustarse a sí mismo.

- Pero hay que tratarlo, por eso yo no me oigo casi nada. Y cuando yo canto en persona no me estoy oyendo, porque aunque me esté oyendo no me doy cuenta. Yo estoy haciendo una cosa para la gente, eso es bueno, yo creo que me salvo por eso, por tanto trabajar delante del público. Yo considero que si los escritores se leen mucho acaban gustándoles todas las cosas que han hecho, y eso no está bien. A los que le tienen que gustar es al público.

- Tú eres, además, muy histriónico en el escenario, eres un espectáculo: tienes vocación de actor.

- Yo no hago nada por serlo; soy así, lo mío no se estudia, se nace así. A mí no me verás nunca ensayar; yo jamás ensayo: nunca. Yo llego a Madrid, ahora, y al día siguiente -miento: a los 2 días- ya estoy delante del público. O sea, tengo el tiempo justo para llegar a mi casa, ordenar mis cosas, dejar las cosas hechas en la oficina, y marcharme de tour. Yo no ensayo: mis músicos sí ensayan, yo no. Los músicos ensayan todos los días. Cuando no me sé una canción muy bien, pongo la letra delante, por si se me olvida.

- Como Elton John, que el día del funeral de Diana estaba leyendo (todos nos enteramos después).

- Cuando lees, es cuando mejor te salen las cosas, porque estás diciendo las cosas por primera vez. Yo cuando grabo, grabo leyendo, y si no es leyendo, lo tengo ahí. Cuando viene una frase importante, sí le echo una ojeada, me sale mucho más. Porque me sale por primera vez; es una expresión nueva, limpia, sin amaneramiento, sin retorcimiento, por eso es que a mí no me gusta ensayar, nunca.

- ¿Qué piensas de los jóvenes, como Luis Miguel, o Alejandro Sanz, o Ricky Martin?

- Esos tres que has nombrado me parecen ahora mismo el trío más valioso que hay. Cada uno en su manera de hacer las cosas.

- Si tú estuvieras al comienzo de tu carrera como cantante, en esta época, ¿te parecerías a alguno de ellos?

- No, yo sería Raphael. Eso es lo fácil para mí: ser Raphael. No podría ser otra cosa, no sabría. Yo de pronto veo una persona y digo: "Qué bien lo hace", pero yo no lo haría así. Es que mi sello es demasiado personal como para andar cambiándolo, no podría.

- Debe haber algo que asusta o intimida un poco de la moda, de las nuevas camadas de cantantes, para alguien que ya tiene un poquito más de años. ¿Cómo se recibe a estos nuevos meteoros que de pronto surgen en el escenario? ¿Se lo ve como diciendo: "¡Oye, anda más despacio que a mí me costó más trabajo!"?

- No, no, no, porque a mí no me costó tanto trabajo, tampoco. Tienen toda mi admiración y mi simpatía, y, además, nunca estorban lo que yo hago. Al revés: aportan cosas, porque al comparar la gente ve que uno es como es, el otro es como es el otro, y Raphael es Raphael. Son muchos años con una fuerza tremenda, yo salgo al escenario a matarme todos los días, y eso la gente lo sabe ver. Yo una de las conversaciones más buenas que he tenido con un profesional fue con Alejandro Sanz, que nos estuvimos todo un viaje de vuelta a Madrid hablando de lo humano y lo divino: me encanta la ilusión que tiene, es un chico estupendo, de una gran fuerza.

Tengo 23 años

- ¿Qué les aconsejarías desde tu posición? Tienes más años que ellos...

- Lo único que tengo es más años que ellos, pero ten en cuenta que yo estoy en edad de aprender. Estoy en edad de recibir consejos, no de darlos. El gran secreto mío es que jamás me creo que he llegado nunca a nada, lo bueno está por venir, siempre. Tengo que estar siempre alegre, trabajando todo el día, para que cuando me llegue, me llegue preparado.

- Eres muy humilde, faceta desconocida.

- No, yo no soy nada humilde, pero en ese sentido sí. Yo siempre digo que aquel que crea que ha llegado a un sitio, es que ya se está despidiendo del sitio.

- ¿No has llegado todavía?

- No, ni mucho menos. ¿Tú te imaginas, dentro de 20 años, lo bien que voy a estar? Fenomenal, y cantando.

- ¿Cuántos años tienes?

- Yo, 23...

- Y dentro de 20, tendrás 13.

- No, siempre he tenido 23. Nací con 23 y moriré con 23.

- ¿Sigues a Julio Iglesias? ¿Te mantienes en contacto con él?

- Muchísimo, es un gran trabajador, muy buen cantante, muy buen espectáculo, es un gran hombre del mundo del show-business.

- De los últimos 10 o 20 años, ¿con qué cantante te quedas?

- A mí me gusta muchísimo la música, y de todo el mundo. Yo no tengo una persona preferida ahora. Tenía a Edith Piaf, que para mí era el sumum de las cosas, pero una vez desaparecida ella, de todas me gusta algo: el color de la voz de alguno, la forma de trabajar de otro, la forma de comportarse en la vida de otro, la forma de llevar el show al escenario de otro. Estoy viendo televisión, y veo una persona y digo: "Qué bueno es". Me encanta el folclor, el folclor de todos los países, porque ésa es la madre de todo. Yo, por ejemplo, soy andaluz, yo cantando soy andaluz, y se me nota en las canciones menos andaluzas; por ejemplo, yo canto "My way" y tengo giros totalmente andaluces. En Yo soy aquel yo soy andaluz, está el sello de Raphael cantando.

Ni marqués, ni nada: Raphael

- ¿Sigues con planes de hacer televisión?

- Voy a hacer una gran serie de televisión y también estoy preparando otra serie que no es musical. Entraré en el 2000 haciendo televisión. Y después quiero volver al cine, porque mi sueño es volver al cine, de una manera más adulta, no a las películas del chico joven que canta. Ya películas más en serio. Empecé a apuntar las ideas en una película mía que se llamaba El golfo. Ahí ya me picó el gusanito de hacer otras cosas, y como el cine lo tengo en casa, por mi hijo, pues me voy a lanzar a ello.

- ¿Es verdad que tu hijo cineasta te ha estado filmando en los últimos tiempos?

- Sí, ha estado un año entero filmándome: dos programas para la televisión, que van a durar 2 horas cada uno, y ha estado filmando todo lo que ha sido mi 35 aniversario, en toda América, tanto del Norte como del Sur, como del Centro. Estuvo en Londres, París, Roma, Rusia, España por supuesto, y es un trabajo muy bueno que ha hecho, muy bueno.

- ¿Cómo se lleva eso de ser marqués?

- No, yo no.

- Natalia…

- No, yo soy Raphael, que ya bastante es, ¿no?

- Pero te recuerdan que eres marqués por todos lados.

- No, me dicen maestro, pero a mí eso no me gusta porque parece que están hablando de Pedro Vargas. Yo admiro mucho a Pedro Vargas, a Don Pedro, y hasta ser Pedro Vargas me falta la tira de años.

- ¿Por qué estás hoy tan humilde?

- Que no, que yo no soy humilde; al revés, lo que pasa es que lo que me estás diciendo, no. Yo soy Raphael.

- La política, Raphael, estás...

- ¿Con leche o sin leche?

- Con muy mala leche.

- Pues la película de la política, o la política de la película, es una película que, depende de en qué cine la veas, te gusta más o menos, ¿no? Es muy rara, es muy aburrida, yo encuentro que es muy aburrida. Aunque los que ejercen la política la deben encontrar muy divertida.

- Te consideran de derecha, por lo menos.

- No, yo soy un hombre bastante ecuánime, bastante justo, un hombre totalmente de centro, nacido de una familia tremendamente humilde que he conseguido ser lo que soy a base de trabajo. Yo soy de esos clásicos españolitos hechos a sí mismos.

- Self-made man, pero español.

- Algo así. Yo soy una persona que respeto las ideas de todo el mundo. Aquello que va bien en un país, es lo que tiene que tener el país, del color que sea. Yo no soy en eso radical, lo que pasa que yo soy un hombre muy de centro.

- ¿No quieres ser presidente, Raphael?

- No, es que no sabría, es muy complicado, yo prefiero ser Raphael, cantando. Para presidente, ya tenemos a Aznar.

- ¿Qué te parece Aznar?

- A mí me parece muy bien y a muchos españoles, también.

- Raphael, ¿y mañana qué?

- El mañana, que es una cosa muy dura, he tratado de explicarlo lo mejor posible en mi libro.


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