A propósito de su visita


 

RAPHAEL

50 ANIVERSARIO

 

Aún me parece escuchar y ver en la lejanía de mis recuerdos infantiles, gritos escolares, estruendosos aplausos, desmayos, histeria colectiva, multitudes…

 Aquí en Santo Domingo comenzó todo con un programa de radio, hasta que hubo una convocatoria: allí estuve. Era Bienvenida Sardá Díaz, una niña de apenas 13 años que a través de una emisora había ofrecido su casa para que nos reuniéramos, nos conociéramos. Fue una avalancha, me imagino que su paciente madre quedaría estupefacta. Desde aquel día, en el  lejano fin de la  década de los 60 se inició lo que increíblemente hoy tiene vigencia: la admiración por un artista genial, Raphael.

 Raphael  fue y es un fenómeno de popularidad digno de estudios sociológicos, cuyo  seguimiento es un legado de generación en generación: los hijos de Raphaelista, serán Raphaelista. Como todas las reglas tienen sus excepciones, mi hija la confirmó.

 Sin proponérselo, Raphael crea en sus fans una especie de “cultura Raphaelista” un sello particular, un modo singular de actuar. Hemos traspasado la barrera del tiempo. La temporalidad no constituye un problema, sólo es un bálsamo para la reafirmación en lo que se refiere a la fidelidad, la lealtad, la defensa, la firmeza y apego a esa especie de fascinación exquisita por su música. Comprendo que este hecho es  solamente  comparable al de  los seguidores de Carlos Gardel y Elvis Presley, ambos muertos en la cúspide de la fama. Por eso el caso de Raphael es único.

 Raphael es como el Cid y nos llega a América fuera de prejuicios políticos. Le aceptamos y amamos para siempre. Los españoles se dividieron en los que lo querían (los más) y lo que no lo querían (los menos). Todo fruto de esa vieja disputa que desangró a España y la dividió en dos… las Dos Españas de las que nos habla Machado, el poeta insigne. Aquí nos llegó sin mácula, no  tenías que debatirte en el dilema existencial de si eras de derechas o de izquierdas, para reconocer que era un cantantazo.

 Raphael fue el artífice (sin saberlo) de muchas acciones intrépidas, audaces, sobre todo si valoramos las edades que teníamos en ese entonces, 11, 12, 13 y 14 años. Fuimos capaces de publicar un espacio pagado en su defensa en el periódico de mayor circulación del país y todo  subvencionado por nuestras mesadas. Además de obligar al Director del medio de comunicación a retractarse públicamente por la difamación. Este artista ha cargado toda su vida como talón de Aquiles con la injuria, la maledicencia, la calumnia… esas miserias tan humanas,  todas con un denominador común: la envidia.

 Raphael es un trabajador. España en un acto de justicia le otorgó la Medalla del Mérito al Trabajo. Muchos de los que lo adversaban hoy inclinan el rostro, con una mezcla extraña de arrepentimiento y vergüenza. Si bien es cierto que representó el rol del cantante del establishment, en el fondo no era más que un pobre muchacho del barrio Carabanchel, hijo de un albañil y una ama de casa. Más proletario que muchos de los que luego de la caída de la dictadura de  Franco, pasaron de la clandestinidad a ser súper ministros.

 Becado desde pequeño por los padres Escolapios gracias a su voz impresionante, solista del coro a los dos años y medio que nunca ocultó sus orígenes humildes, sino que los proclamó como estandarte y  por mérito propio lleva un título de nobleza otorgado por el Rey. Para los latinoamericanos esto no significa mucho  por nuestra tradición republicana, pero tomémoslo como premio por ser el primer cantante en hacer algo diferente, que creó un estilo y que se convirtió rápidamente en un referente de la música popular.

 España para este tiempo sólo exportaba folklóricas y películas que hoy vemos con nostalgia en Cine de Barrio. El antes y el después de Raphael lo coloca en el sitial del artista de la modernidad. El primero que se atrevió a dar un concierto solo y el Palacio de la Música es testigo de este hecho. Luego… los demás, los demás y los demás.

 Se me ocurre hacer un paralelo entre nosotras las admiradoras dominicanas y las rusas. Dos mundos distintos, geopolíticamente opuestos, culturas diferentes… ese “telón de acero” o “cortina de hierro” como de forma tremendista lo calificó Churchill y que para mí por su fragilidad terminó siendo una “cortina de humo”… nada, nada impidió que la presencia de ese artista causara el mismo efecto: fanatismo. Raphael fue el responsable de impulsar la popularidad del idioma español en la ya inexistente URSS y que sus fans viajaran 20 horas en avión para traer flores frescas a la gélida Moscú, un día puntual para sus seguidores, 5 de mayo.

 Nosotras en el país de las mejores y más hermosas playas del mundo, lo teníamos más fácil. Éramos pequeño-burguesas acomodadas y con padres generosos que con tal de que estudiáramos solían complacernos… demasiado.

 Dejaré en la tinta de mi lapicero todas las anécdotas, chistes, sorpresas, encuentros y desencuentros de estos largos 40 años del Club de Raphael Santo Domingo, primero porque me traiciona la memoria y segundo porque me permito evocar estos recuerdos fragmentados como el homenaje a los anónimos y a los que ya no están, pero que igual nos han acompañado en nuestro país y el extranjero. Ellos y ellas han validado este proyecto que comenzó como una ingenua organización infantil hasta convertirse en un lugar de encuentro de amigos y amigas entrañable, una hermandad.

 Aquí le tenemos nuevamente, como un guerrero, como un gladiador, el que ha vencido más de una vez la  muerte, vuelve como  el Ave Fénix. Nuestra nación siempre ha sido generosa en sus aplausos para este Monstruo de la Canción, el artista que se reinventado a sí mismo logrando convertir 50 años de carrera en una verdadera hazaña. Rindamos tributo a esta leyenda viviente:Raphael.

 Joseline Peña Escoto de López es docente, autora de textos educativos y literatura infantil y juvenil. Trabaja en la Comunidad Educativa Lux Mundi y en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Es candidata a Doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.


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