Raphael - Foto: ABC
Raphael, «cerca de ti» a teatro lleno
ABC
JULIO BRAVO
21-9-2006

A Raphael hay que verlo entre mortales, lejos del perfumado glamour de los estrenos; hay que verle pasear por entre los gritos desacomplejados de sus fans -«¡Dios te bendiga!», «¡Machote!», «¡Hermoso!», «¡Guapo!»- y al calor de los incondicionales. Sólo así puede verse llegar hasta la puerta del teatro Gran Vía a una joven con los ojos tapados por un pañuelo, guiada por una amiga que sonríe por lo bajo sin apenas poder guardar por más tiempo la sorpresa. Cuando llega el momento, la euforia se convierte en hipidos, lágrimas y risas nerviosas, todo en uno.

«Yo le he visto ya cuatro veces», presume en la fila once una señora. «Hoy hay más hombres que de costumbre», advierte su compañera de butaca. Son, efectivamente, mayoría las mujeres, y maduras; y son también las más bullangueras, las que mejor conocen el repertorio que Raphael desgrana a lo largo de dos horas y media de concierto. Pero en el patio de butacas hay mucha gente joven, que escucha y mira con admiración, con cariño, con respeto, a un artista que lleva más de cuatro décadas habitando los escenarios, llenando teatros y vendiendo discos, en un país donde la música -y por consiguiente muchos músicos- suele ir acompañada de la palabra efímera.

Raphael tiene ganado al público desde el instante en que pisa el escenario. Le reciben en pie, con un aplauso especialmente cálido con el que quieren demostrarle el cariño. Lo harán en muchas ocasiones a lo largo del concierto; y terminarán de nuevo en pie, acompasando sus palmas para reclamar una más, y otra más, y otra más... Le acompañarán en cada una de las canciones, cada vez que -siempre sonriente, siempre feliz- les pida con la mirada que canten con él; cada vez que se haga un silencio; cada vez que él se tome un respiro.

Quizás Raphael se llame Fausto de segundo nombre; quizás haya encontrado el secreto de la eterna juventud y no nos lo quiera contar; en cualquier caso, asombra y admira la excepcional vitalidad que derrocha en el escenario, el vigor con el que afronta cada una de sus intervenciones, el nervio con el que mantiene el pulso de la velada, con el que sube en vilo al público desde que emite la primera nota -a capella, sin acompañamiento ni amplificación, en un gesto de gallardía y poderío- hasta que -siempre sonriente, siempre feliz- abandona el escenario empapado de aplausos y cariño.

Raphael ha llamado a esta gira «Cerca de ti». Con la única compañía de un piano -maravilloso el acompañamiento de Juan Coacci- y unas pautas escénicas dibujadas por su amigo Jaime Azpilicueta, el cantante de Linares desgrana lo mejor de más de cuarenta años de carrera. No faltan, claro, canciones como «Cuando tú no estás», «Qué sabe nadie» o «Maravilloso corazón maravilloso», coreado y bailado por el público con una entrega absoluta. Raphael está prácticamente dos horas y media sobre el escenario; apenas unos segundos para cambiarse de camisa y tomar aire. Sin reservar ni un gramo de ese privilegiado instrumento que sigue siendo un trueno; sin perderle la cara al público en ningún momento. Domina la escena, la expresividad, los tiempos, no pierde la concentración ni en los momentos en que más vivos son los gritos de sus admiradores... Le da «Gracias a la vida» -«resume mi estado de ánimo actual», dice- y se entrega por completo. Y es que ya lo dijo una espectadora: «¡Que es muy bueno, hombre!»


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