Raphael

«Lo del trasplante, visto hoy, fue casi una suerte»

Montserrat Lluis
Dic. 2009
larioja.com

Ocho de la mañana. Amanece sin prisa sobre Boadilla del Monte. El sol de otoño asoma con timidez entre los cipreses, araucarias y matorrales que blindan silentes y discretos la versión contemporánea del edén. A quince kilómetros de Madrid, la tentación no tiene forma de serpiente: vive arriba y abajo, en tres señoras plantas vestidas de insultante blanco, conectadas por un ascensor transparente y rodeadas de una no menos provocadora piscina. ¡Quién fuera Eva para pecar!

Un hombre de lustroso uniforme a juego con su amabilidad invita a pasar. Los rayos tempraneros también se dan por convidados y se acomodan en el imponente salón: una docena de alfombras, dos sofás que suman veintidós plazas, más de medio centenar de cuadros... No canta el gallo. Le falta clase. Canta el ruiseñor de Linares, pero pone igualmente la piel de gallina. Improvisa algunos «falsetes y sonidos para comprobar qué tal va la maquina».

«¡Mejor que el primer día!». Y de eso hace ya medio siglo, 93 discos, más de cincuenta millones de copias vendidas, un trasplante 'in extremis'... Toda una vida, o dos si se cree en los milagros, que Raphael repasa para V en su casa familiar, en ese espacio siempre abierto a los muchos e importantes amigos que la frecuentan, pero que rara vez franquean los medios de comunicación.

«No soy nada exhibicionista. Sé que tengo una personalidad como muy vistosa, pero más normal no puedo ser», asegura sentado frente a un piano sobre el que llama la atención su disco de uranio. Es el único cantante en español que lo ha merecido y quizá por ello ocupa un lugar preferente. A la espera de que Linares inaugure en el 2011 el museo que acogerá sus cientos de distinciones, el chalé, equipado incluso con estudio y cine, se ha quedado pequeño para las dimensiones de un artista que desde los cuatro años vive de sus cuerdas vocales.
Expulsado cada dos por tres
«En el colegio me expulsaban cada dos por tres, pero entraba en la sacristía y volvía a estar admitido: '¡Hombre, sentadlo el último, pero no lo echéis, que nos quedamos sin solista!', les reconvenía a los maestros el director del coro». Cualquiera le levantaba la voz a aquel «bicho», si él tenía la mejor de Europa. Así se lo reconocieron a los nueve años en un Festival en Salzsburgo. Cantaba como los ángeles a la Virgen, y pocos años después lo hizo igual de bien ante las señoritas de los clubes de alterne donde empezó a actuar. «Al escucharme interpretar las canciones de amor tan en serio, decían: 'Hay que ver este chiquito, con lo joven que es, lo que sufre'».

Estaba perdidamente enamorado de la música, se acostaba cada noche con una seductora ilusión que conquistó por fin a los veinte años. En 1962, Philips le ofreció el primer contrato: 3.000 pesetas o el 5% en royalties. El tercero de los cuatro Martos Sánchez, criado en una familia «muy humilde» en la que no alcanzaba ni para el metro, no lo dudó: cogió la variable.

-¿Tan confiado estaba de que triunfaría?
-Fue inconsciente. Tenía un decimoctavo sentido que me hizo notar que iba en serio.
Había llegado la hora de convertirse en Raphael, con 'ph', «para que en todo el mundo se leyera Rafael». Y se jaleara. Desde América, donde había que sacarlo de los aeropuertos disfrazado de mecánico, hasta la Unión Soviética, pasando por España, donde el gesto favorito del Caudillo, después de la mano alzada, pasó a ser el de enroscar la bombilla.
-Se le reprocha que cantara para Franco...
-Es el que había entonces. Después llegaron los Reyes, a los que no sé si les gusto, pero han venido a verme varias veces.
Uno de los muchos portarretratos y dedicatorias que atestan el salón confirman que El tamborilero se escucha en Zarzuela. Don Juan Carlos le felicita por el medio siglo de trabajo que celebra desde el año pasado y que esta semana culminará con el lanzamiento de un álbum en el que participan algunos de sus innumerables amigos.
«Sí tengo muchos, muchos... Pero hay que regarlos. Si hace un mes que no veo a uno, lo llamo para cenar». Conste, no obstante, que el detalle no acaba en la mesa. Según Víctor Manuel, los artistas también han de darle las gracias por tener váter en los camerinos. «Es que antes nos trataban de cierta manera y yo fui muy exigente en eso», confirma el del ropopompón.
Cambio de tercio profesional
Hoy día, en cambio, la profesión no está para muchos desahogos. «La piratería y eso de bajarse las cosas gratis está afectando profundamente a la música. Y, además, no todo el mundo está preparado. A nosotros nos preguntaban qué querías ser y decías que artista. Ahora te sueltan que quieren ser famosos. No ven que no hay que buscar reconocimientos, sino trabajar bien».
Aunque ello implique levantarse todos los días a las ocho, «haya tenido o no concierto la noche anterior». El tiempo apremia. Falín prepara un «cambio de tercio» en su carrera del que no da detalles. Lo que sí adelanta es que «en el 2011 haremos el musical Cyrano».
-A sus 66 años, ¿no conviene bajar el pistón, y más tras el trasplante de hígado?
-Seis años después, te he de decir que el trasplante fue casi una suerte, porque ahora juego con ventaja: tengo la fuerza de un treintañero porque el motor está nuevo.
Tampoco la carrocería se ve desgastada. Aquel que de mozo fue repartidor de trajes viste de negro, pantalón Armani y cazadora igualmente ajustada. «No soy un fanático de la moda, aunque me gusta sentirme cómodo. Los trajes serios me los hace un sastre, pero la ropa casual me la compro yo», explica el ex enfermo afortunado, al que le acaban de dedicar en México un sorteo de la lotería y al que ya le ha tocado «el gordo» tres veces. «Con mis hijos. En eso sí he tenido suerte», presume ante un aparador con la foto de boda de cada uno de los tres pupilos.
-Ahora que ya se han ido, ¿nota el vacío?
-¡Pero si están aquí todo el día! Esa es la listeza de los padres: lograr que vengan sin llamarlos. ¿Cómo? Entendiéndolos. Pero ojo: yo no soy su mejor amigo. Yo soy su padre.
-No ha de ser fácil mantener la familia en orden cuando uno lleva su ajetreo de vida...
-No es difícil, y menos si tienes una mujer como la mía.
En todo caso, lo que sí debió de costar fue que el hijo de un obrero ferralista cortejara a la pudiente nieta del Conde de Romanones. «Aparentemente veníamos de mundos muy diferentes, pero no lo eran ni para mí ni para ella», puntualiza.
-¿Qué vio en ella?
-Natalia es una mujer maravillosa, con una personalidad tremenda, una madre ejemplar y una compañera de viaje increíble. Hicimos nuestro plan de vida y lo hemos sabido realizar regándonos mutuamente.
En la misma casa que construyeron al casarse y por la que ya corretean cinco nietos, nacidos todos tras el trasplante y que le han rejuvenecido tanto como su nuevo hígado. «No me siento abuelo como tú te lo estás imaginando. De hecho, no me gustaría que me llamaran abuelo. Para ellos también soy Raphael».
El último en llegar este mismo año, el pequeño Jorge, es el principal tema de conversación entre él y José Bono, emparentados desde el 2008 por obra del hijo pequeño del artista, Manuel, y de la mayor del presidente del Congreso, Amelia.
-¿Habla de política con su consuegro?
-Si sale, sale, pero no necesariamente... Anoche estuvo cenando aquí.
-¿También culpa al Gobierno de la crisis?
-Quiero creer que todos los Gobiernos hacen lo que pueden, aunque a veces no sea bastante. Además, yo no tengo miedo a la crisis. La crisis se combate trabajando.
Si esa es la solución, no extrañe que en casa de los Martos-Figueroa abunden los brotes verdes. El jardín está lleno. Raphael los riega cada día. A las ocho de la mañana.

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