Jose Maria Peman
Raphael

José María Pemán
De la Real Academia Española

Le debo a Raphael una gratitud, porque aumentó mi curiosidad, que es lo que me hace vivir. Porque vivir es tener todavía interés y curiosidad por las cosas.

Fue después de un recital de canciones de esos que Raphael ofrece a cuerpo limpio, llenando él toda la noche o llenándole la noche a todo él, cuando yo formé el propósito de tomar en serio y en calado de profundidad ese arte de la canción.

Sobre todo a los andaluces, que, secuestrados por la magia punzante del 'cante', creen que cantar nos es más que entregarse a esa retorcida alusión de misterios sensoriales y casi metafísicos, acompañados de la filosofía moderadora y apaciguante de la guitarra. Lo más que logran es ampliar el puro 'cante' con flecos y borlas, que lo extienden desfigurándolo hasta el 'couplet', la tonadilla e incluso la zarzuela del genero chico.

Pero los pueblos no son única y exclusivamente 'pueblo'. Y en su historia viva cuentan también los llamados expresivamente 'cancioneros', que conservan un género de la canción cortesana o por lo menos señoril y culta: así el famoso Cancionero del Palacio, el de Baena, y todavía, ayer, como quien dice, el de Barbieri o el de Pedrell. Eso es lo que corrió por Europa durante los siglos clásicos, pasando todas las fronteras e internacionalizando el humanismo. Así, en el siglo XV era popular en España la famosa canción alemana con el título 'Meine Liebe' ('Mi Amor'), nombre que creen algunos que dio lugar al de 'Melibea', la protagonista de la tragicomedia de 'La Celestina'.

La última postura de la necesidad de expresarse en canciones ha consolidado un género más culto y con enjundia más profunda. Bastaría repasar sus letras y ver que así como las coplas del cancionero están todavía redactadas en torno al octosílabo o el pentasílabo que agotan la métrica popular, esta nueva canción se desparrama sobre la ancha libertad del verso nuevo atrevidamente construido en los linderos mismos de la Prosa. No hubiera elegido legítima poesía versolibrista si no hubiera hecho las paces con la canción que la hace llegar al público. Por eso, esa canción nueva no está encerrada en la zona personal e intimista de la pena y el amor de cada uno, sino que nos canta lejanías filosóficas, sociales y trascendentes: paz y guerra, justicia y amor, redención, irá, melancolía. Es una explosión de gritos y de pensamientos que tiene cosas de ópera, de tragedia, de intuición y de meditación. Por eso requiere una interpretación de posibilidades valientes y enciclopédicas. De aquí la primacía y reinado de Raphael, que es un temblor de vida y de pensamiento, y que por eso logra su cumbre interpretativa. Porque la canción actual nos da todo, y Raphael se da del todo a la canción.


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