Raphael vivo
De cómo Jesucristo nació en Linares

EL MUNDO
Jueves, 27 de junio de 2002
QUICO ALSEDO


Música. Raphael hechiza con un 'show' memorable en el Lope de Vega para celebrar sus 40 años en los escenarios

Jesucristo era un impostor: el de verdad -el monstruo- nació en Linares. Sin dos cabezas, pero con certificado de la Real Academia: «Ser contrario a la naturaleza por diferir notablemente de los de su especie». Porque en cada sílaba, un ataque cardiaco. En cada estrofa, felino desenroscar de bombilla. Con estética rapha-gótica; sin ella. Riéndose de sí mismo o de nosotros. Con abuela o ejerciendo él mismo, digan lo que digan. Queda todo dicho: la Guerra Fría terminó en 1989; él, con su disco de uranio -50 millones de discos vendidos- sigue en la trinchera.

La liturgia, puntualidad suiza, comenzó a las 22.00 horas. Esperaban tres horas de rito y el sumo sacerdote -aleonada la melena, de negro contumaz los ropajes- compareció nada circunspecto. James Brown apuntaba a su batería con una pistola; él sólo necesita dirigir sus pupilas a sus fieles. Por delante, 40 canciones como 40 años de carretera. Pero sin excusas: cuando uno es Raphael, sobran las justificaciones. El despliegue físico -«y sin ensayar, nunca lo he hecho, ¿para qué?»- de los que hacen época: 59 años y más pila que el conejo de Duracell.

Y tal vez porque la modernidad oficial patria hizo acto de presencia en el Lope de Vega -Alaska y Bunbury, entre otros-, o quizá para dejar claro que cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor, nuestro Viriato de la canción ligera eligió nada menos que el Maldito duende (Héroes del Silencio) para abrir fuego.Eso después de una entrada en escena digna de los mismísimos Beatles, con el público rompiéndose literalmente las manos ante la sola presencia del chamán, hierático y chuleta.

Y desde el principio, el esperado chorro de voz. Porque tranquilos los fans: carraspeos aparte -que algún pequeño e inevitable roto hubo- Raphael sigue siendo aquél. Entendámonos aquel tremendo voceras que fue. Lo suyo, no lo neguemos, es la intimidación por el volumen. Y bastó. A Maldito duende le siguieron Ave fénix, el latido ye-yé de La noche y -hala- de pronto, sin venir a cuento y a las primeras de cambio, Digan lo que digan. Extasis, ataraxia... en fin. Entre tema y tema -algunos acortados: que se sepa Rafael Martos aún no ha participado en unas Olimpiadas-, los piropos de los fans: «¡Eres único!», «¡Guapo!». Y el de Linares, las manos al aire, los hombros encogidos, la sonrisa entre dientes, como diciendo: «Si es que no lo puedo evitar, así soy yo». Porque el catálogo gestual, como siempre, más raphaelista que el propio susodicho: ese caminar ahora airado, ahora hidalguesco; ese careto como de contrariedad en los momentos de más drama; ese mesarse la cabellera como de cherokee vacilón; ese zarandear de trasero -discreto zarandear, disculpen- en, por ejemplo, Siempre estás diciendo que te vas... En fin, toda esa clase de monerías pergeñadas por un individuo nacido para hechizar al gran público. Un respetable, por cierto, en el que ayer predominaban las abuelas tricotantes, pero en el que tampoco faltaban treinteañeros convencidos y hasta algún que otro melenudo veinteañero de última hora. El ambiente, de paroxismo: el pop de hoy genera festivales como setas por la piel de toro. Y va un solo tipo desarmado, cercano además a la sesentena, y se monta él solo -John Wayne de la música de ayer, hoy y siempre- un macrofestival unipersonal en plena Gran Vía. Momentos álgidos: el solo final de Inmensidad -temblaron las butacas, lo juro-; la ultra épica Qué sabe nadie; la enfermizamente tremenda Como yo te amo... Así, hasta la bíblica demostración de la sanguinolenta En carne viva, con Raphael gritando fuera de micro. En fin, que todo fue -para bien o para mal- como puedan imaginarlo: cante con las vísceras, con la garganta o con el estómago, Rafael Martos coge las canciones con los dientes, las muerde hasta que sangran y ofrece sus aún humeantes cadáveres al público, que las devora con fruición. Lo que esté bien o esté mal se queda, con él, fuera de cuadro. Para mayor gloria de la tortilla de patata y del hule a cuadros, su nombre es sinónimo, sin más, de espectáculo. Hay quien para volar se toma un algo.Otros escuchan a Raphael. Y punto.


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