Fernando Alonso Barahona
En Carne Viva

Ana María Parra Aravena
aparra@nacion.com


Había que estar ahí para creerlo: ya no tiene la misma voz de años atrás, pero canta igual que siempre y la gente lo alaba como si el tiempo no hubiera pasado por su repertorio, ni por su cuerpo, ni por su garganta.

La noche del martes pasado fue definitivamente la noche de Raphael, el español, divo de los que aman las baladas de desamor y el dramatismo a lo mimo. "¡Bravo!", "¡lindo!", "¡otra, otra!", aplausos a granel y ovaciones de pie, no una sino dos, tres, cuatro, cinco, seis veces.

Venía a cantar Raphael, Maldito Raphael, pero de aquel álbum fueron si acaso un par de temas los entonados, el resto, las casi dos horas y cuarto que cantó, fue un recorrido por sus temas de siempre, los que todos querían escuchar... y ver, porque Raphael es un cantor al que hay que ver.

A partir del rock

Toda aquella función de gestos, baile entre pasos flamencos y ademanes de torero, empezó después de las 8 p. m. Telón abajo, la gente acomodada en las butacas del teatro Melico Salazar, a medio llenar, no soportaba un minuto más sin su Raphael, así que empezaron a aplaudir para que este telón se levantara y comenzara la tan esperada función.

Tan solo unos minutos pasaron cuando aquella cortina gigante se alzó las faldas. Los cinco músicos de la banda y las tres coristas estaban en escena, sonaba la introducción de Maldito Duende de la banda de rock medio pesada Héroes del Silencio, y ...¡salió él! todito vestido de negro y todito el teatro explotando en aplausos y gritos. Una reverencia para el público y ¡a los hechos! he oído que la noche es toda magia y que un duende me invita a soñar. Casi nadie lo siguió en este tema, pero las miradas y la actitud de "estoy viendo a un maestro" no se quitaba del rostro de abuelas y abuelos, adultos maduros y hasta parejas de jóvenes.

Después del duende todo fue como la gente lo esperaba: Raphael bailaba, se metía las manos a los bolsillos del pantalón, su cara se llenaba de gestos, sus manos se contoneaban cual si estuviera en un tablao español; sus brazos como si fuera a hacer el salto del ángel, y fuerza, mucha fuerza en cada uno de los temas que salían de su garganta: Escándalo, Provocación, Desde aquel día, Digan lo que digan, Yo soy aquel, Estar enamorado y Qué sabe nadie, Alma, corazón y vida, Ansiedad y Cabaretera.

Y cada canción era como un pequeño cuadro de café concert. Él se apoyó en el piano, sacó un pañuelo blanco y se abanicó con él, se acercó al micrófono con cara de "¿qué me estás diciendo?" y empezó a cantar Siempre estás diciendo que te vas.

Hubo otro tema en el que Raphael tomó un vaso, se suponía que era un trago, derramó con furia el líquido en el escenario y estrelló el delicado recipiente contra el suelo. Aplausos sobraron.

Momentos emotivos hubo a granel, desde No puedo arrancarte de mi hasta Provocación, lapso en que las cabezas de las parejas se juntaban como queriendo hacerse un solo cerebro, pero el tema que erizó los vellos fue En carne viva. Terminó de cantarla, se despojó del micrófono y a capella situado en el extremo izquierdo del escenario, cantó: que tengo el corazón en carne viva, que yo no sé olvidar, como ella olvida y la gente explotó en aplausos, y aquel impacto lo obligó a arrodillarse en el escenario para agradecer tanto afecto. Y parecía que lloraba.

Lo que quiso

Jugó con el público: le pidió que cantara y cantó, le pidió que aplaudiera y aplaudió, que se tomaran de las manos y el público lo hizo. También habló con la gente: "hay que ver las cosas de la vida, hay cantantes que tiene cinco, diez, quince, veinte canciones exitosas, pero lo mio... lo mío no es normal: una tras otra, tras otra", y la gente lo cubrió con aplausos y él les entregó Maravilloso corazón maravilloso.

Bailó a placer con sus coristas en Yes Sir, I can Boggie, de Bacará, uno de los temas de Raphael, maldito Raphael; cantó el Ave María y una que otra balada hasta completar 35 canciones y anunció su despedida.

Cayó el telón y la gente de pie a grito pelado lo hizo subir tres veces; tres veces salió a agradecer hasta que tuvo que cantar dos temas más, entre ellos Yo sigo siendo aquel. Se marchó mientras su coro cantaba el Aleluya.

Minutos después la gente seguía en sus butacas esperando, soñando, que el telón subiera por cuarta vez.


Copyright © 1999-2008 Raphael Worldwide Site