Raphael
Raphael

José Manuel Esparza
Grupo Correo Prensa Española

Puestos a exagerar -y Raphael es, sobre todo, exageración-, yo en su lugar me habría puesto una diéresis en algún sitio, no sé, en la primera "a", o quizás en la inexistente "f", para desconcertar más al mundo y arrebatar más a las señoras. La otra noche volvimos a verle, perenne e incombustible, en la consuetudinaria edición del Verano noche de Antena 3.

Este programa, como usted sabe, lo presentan Mar Saura y Bertín Osborne, que son, cada cual en lo suyo, dos figuras de primera y que, además, aportan a este festorro televisivo estival las únicas gotas de personalidad que posee. Pero incluso ellos dos, aun siendo los conductores del programa, palidecen en el escenario cuando por el otro lado asoma Raphael, la bestia escénica por antonomasia, y castiga el tablado con sus temperamentales zapatazos y manoteos.

Nadie es capaz de recordar ya cuántos años lleva Raphael ahí subido: seguro que más de cuarenta, porque fue en 1962 cuando ganó el Festival de Benidorm, y para entonces ya tenía bastante mili. El año que viene cumplirá sesenta años, una edad que es excelente para muchos oficios, pero sólo raramente para el de la canción.

Sin embargo, Raphael es raro. Lo es desde el principio y lo será hasta el final. A mí, qué quiere usted que le diga, no me gusta demasiado cómo canta Raphael; sobre todo en estos últimos años, cuando ha perdido toda entonación y se ve obligado a gritar en su canciones para ocultar el extravío de las notas (yo creo que por eso le gusta tanto a la singular Alaska, a la que todos amamos tanto desde Kaka de Luxe, y que es la única mujer del mundo que tiene un oído enfrente del otro).

Ahora bien, su talento, el de Raphael, consiste precisamente en haber sobrevivido a pesar y, precisamente, gracias a todo lo que hay en el espectáculo que ya no es propiamente canción: una adecuada puesta en escena, la creación de una imagen personal, el estilo en la coreografía (sobre todo la de sí mismo), el delicado mimo con que cultiva el apoyo de su público, que ya no sabe uno qué fidelidad es mayor, si la del público de Raphael hacia el artista, o la de Raphael hacia sus seguidores, a los que no ha defraudado jamás.

Casi sesenta tacos, ya ve usted. Y sí, hoy las ciencias adelantan mucho y, salvo que haya mediado catástrofe vital, ya nadie es propiamente viejo a los sesenta: véase el caso del Dúo Dinámico; pero me reconocerá usted que para seguir sorprendiendo a los sesenta hace falta estar hecho de una madera muy singular. Madera de tablao, como la de este hombre. Qué portento.


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