Raphael
Entrevista a RAPHAEL

Él era aquél y sigue siéndolo pasen los años que pasen. Se fue a las américas y, de vez en cuando, volvía. Desde el viernes está en Madrid para iniciar una gira. Presume de muchas cosas: de tener la agenda llena de conciertos todo el año, de que sus hijos lo tengan entre sus cantantes favoritos, también presume de ellos; de que uno ya se dedica al cine, de que otro hace sus pinitos musicales con el grupo In fraganti -¡tienen versiones "heavy metal" de algunas canciones de papá!- y de que la niña se dedique a la restauración -"Qué se le va a hacer: mis tres hijos han salido artistas"-. Mientras llega el momento del relevo, Raphael se lanza al ruedo con dos nuevos discos, uno recopilatorio de título más que alegórico, "Punto y seguido" y con una gira como las de los buenos tiempos.


Por Carmen Rigalt.
EL MUNDO, 28DIC'97

Se oía un bisbiseo típico de consulta de médico. En lo que hacía las veces de sala de espera estábamos el fotógrafo y yo. El fotógrafo dando vueltas sobre su propio eje y rumiando la foto con cara de circunstancias; yo despatarrada en un asiento y sin dejar de consultar el reloj cada cinco minutos. Al otro lado de la puerta estaba Raphael con una compañera de prensa. Hablaban del nuevo disco, de Natalia, de la vida que ha transcurrido durante todo este tiempo cuajado de años. De vez en cuando se escuchaba una sonrisa suelta, una especie de chasquido breve, reconocido y familiar. "Que pase el siguiente", dijo entonces un mucamo mientras deslizaba pasos mudos sobre un suelo de laca blanca, tan blanca como las paredes, como la chaquetilla del mucamo, como la tapicería de los sofás, como el aura que rodeaba la colección de iconos, como las faldas de las camillas, como el silencio táctil de la tarde halógena, como el propio Raphael, que vestía de negro y, sin embargo, parecía inmaculado

Estábamos a punto de iniciar una entrevista radiante, pura, luminosa. Es decir, una entrevista también blanca. Yo no deseaba gastar incienso y decidí sacar los pies del tiesto. Por eso le ataqué un poco. Raphael, tan listo, siguió el juego sin mosquearse.

Pregunta.- Algo está pasando aquí, Rapha. Vuelven con demasiada fuerza las viejas glorias.
Respuesta.- A lo mejor las nuevas glorias no cuajan, vete tú a saber. Miguel Ríos, por ejemplo, está mejor que nunca. Serrat, ni le cuento. Serrat no está mejor que nunca porque siempre estuvo bien, pero el paso del tiempo lo lleva estupendamente. Ana Belén me parece fantástica. Y Rocío, ¿qué podemos decir de Rocío? Rocío Jurado tiene una voz cada vez más espléndida. Y la Dúrcal, uf, la Dúrcal hace estragos en América... Eso sí: yo rompería una lanza en favor de Alejandro Sanz, que también es estupendo.

P.- Todos son estupendos, o sea.
R.- Todos no. De los nuevos, me gusta Alejandro Sanz porque lo hace divinamente; yo cantaría sus canciones... Pero es verdad, los antiguos estamos como nunca. Son fenómenos naturales. De pronto vienen rachas que hacen rrrrassss, y te devuelven al primer plano. En mi último disco hay una canción que dice: "¿Sabes qué pasa? Que no pasa". Pues eso digo yo también: que no pasa.

P.- Pero esa tendencia retromelancólica se está imponiendo demasiado. En los antros nocturnos, los jóvenes más radicales guardan las canciones de Raphael, de Antonio Molina o de la tuna para ponerlas a las cuatro de la mañana, cuando todo el mundo está pasado de vueltas.
R.- No me hable de los chiringuitos nocturnos, que me los conozco. Allí se apalanca mi hijo Manuel todas las noches. Pero no sabía que los borrachos y colgados se hermanaran con canciones de Raphael y Antonio Molina. Eso suena bien o suena mal... Depende

Fotografías de Pepe Abascal Fotografías de Pepe Abascal
Fotografías de Pepe Abascal

P.- No depende de nada. Es así
R.- Hace un par de años, cuando estaba preparando unos conciertos en Madrid, me llamó una taquillera del Palacio de Congresos para decirme: "Raphael: en la cola hay gente muy rara, gente rapada o con el pelo verde"... Entonces yo respondí: "No se preocupe, mujer. Es mi público".

P.- ¿Los rapados flipan con usted? Dios mío, lo que hay que oír.
R.- Son los de Alaska. La mayor fan que yo tengo en este mundo es Alaska. El día del concierto al que me estoy refiriendo, cuando estaba a punto de salir escuché una ovación muy fuerte, inmensa, y al volverme vi que era un cantante pop inglés, muy conocido, que iba acompañado de Alaska.

P.- Pues no pega nada.
R.- Lo normal sería que vinieran parejas de novios, o matrimonios, pero ya ve, de pronto las generaciones jóvenes tienen esos fervores repentinos... Bien pensado, es halagador que le elijan a uno, aunque sea para flipar de madrugada.

P.- Seguro que sus hijos no lo tienen a usted de ídolo musical.
R.- Se equivoca.

P.- No le creo.
R.- Suba conmigo a sus cuartos y verá. Jacobo, el mayor, guarda en una cuna todos sus CD. No los he contado, pero yo diría que la mayoría son de Sting y de su padre. Manuel, el pequeño, también tiene muchos discos míos. Manuel toca la batería en un conjunto que se llama In fraganti. Ensayan en casa, y cuando voy por el pasillo y los oigo, me sonrío, no lo puedo evitar. El grupo está haciendo versiones de canciones antiquísimas mías, canciones de cuando yo tenía 14 ó 15 años, pero en versión heavy metal. Hay una titulada Yo no tengo a nadie, que suena muy divertida y graciosa. Otras no, francamente, porque tienen exceso de ruido. El caso de la niña es distinto. La niña es menos fan, o digamos que no es una fan tan vehemente.

P.- Usted presume mucho de hijos.
R.- A Manuel le leo a menudo la cartilla. Estudia Business, y yo siempre le reprocho que invierta tanto tiempo en la música. Pero él es puntilloso y me devuelve enseguida la pelota. "Mira", dice, "mientras no saque malas notas, no te quejes". Y tiene razón. No puedo quejarme porque es un buen estudiante. Con Jacobo la cosa cambia. Jacobo es tremendamente responsable y se ha tomado el cine con una gran vocación. El otro día presentó en Alcalá de Henares un corto y yo fui a verlo. Como los acomodadores me conocían me dejaron entrar de tapadillo para colocarme en la última fila. Me reí mucho, aplaudí a rabiar y sentí un gran orgullo. Y es que me hace mucha ilusión tener un hijo director de cine. El año pasado me hizo una película de dos horas dando la vuelta al mundo, y este año ha realizado el videoclip de la primera canción que se va a lanzar de mi disco. Alejandra, la niña, estudia restauración. Qué se le va a hacer: mis tres hijos han salido artistas. Lógico. Lo llevan en los genes.

P.- Sigo sin entender que lo idolatren musicalmente.
R.- Tampoco exagere. Ellos tienen sus gustos, pero yo no estoy excluido. Lo que no les falta es espíritu crítico. El otro día pasaron un especial mío por televisión, lo vieron y al día siguiente me echaron el correspondiente repaso.

P.- ¿Le criticaron?
R.- Algunas cosas.

P.- ¿Qué cosas?
R.- Les gustó que no hubiera presentador y que yo no hablara.

P.- ¿Y qué no les gustó?
R.- Pásmese: que yo no llevara corbata. Será que se han acostumbrado a mi corbata de lunares. Pero si me pongo corbata y me la arranco durante la actuación, entonces tampoco les parece bien. En general, no son duros. Simplemente, tuercen un poco el gesto cuando hago alguna tontería.

P.- Reconózcalo: usted hace algunas tonterías.
R.- Pocas, amiga. Pocas.

P.- Días atrás hizo una bastante gorda: se desmelenó teatralmente bailando sevillanas en el Rastrillo.
R.- ¿Y qué? Me sacaron y no me podía negar. Cuando vi la fotografía en una revista, pedí que me la ampliaran para tenerla de recuerdo. Entonces, ellos, mis hijos, me fulminaron con la mirada. "Por favor, no andes enseñando esa foto", dijeron.

P.- ¿La edad hace trastadas?
R.- Yo aún no desvarío.

P.- Camilo Sesto, por ejemplo, se ha plantado un pelucón y viste como una señora de Valencia.
R.- ¿De verdad lleva peluca? No puede ser. Aunque hace casi diez años que no le veo.

P.- Y Julio Iglesias, no me diga. Julio se ha planchado la cara con almidón y viste blanquito como un comulgante.
R.- El problema de Julio es que toma demasiado el sol y se le está pudriendo la cara. Si le gusta y acepta las consecuencias, allá él, pero no debe llamarse a engaño.

P.- Su problema, en cambio, son las maneras.
R.- ¿El mío? ¿A qué se refiere?

P.- Al exceso de maneras. Podría pegársele algo de Natalia, que es la sublimación de la sobriedad.
R.- Uno es como siempre ha sido.

P.- Muchos nos hemos preguntado si ella, Natalia, no le ha pedido en privado que deje de hacer o decir determinadas cosas.
R.- ¿Por ejemplo?

P.- Alabar el antiguo régimen o prodigarse en gestos manieristas, afectados.
R.- Si, me lo dice. Lo del antiguo régimen fue una metedura de pata que asumo con toda responsabilidad. Por cierto, en aquella ocasión acudí a ella y le dije: "Natalia, ayúdame". Y me ayudó. Dio la cara por mí con gran elegancia. Dicho esto, he de aclarar que mi comentario se magnificó y que la persona encargada de corregirlo y aumentarlo fue un periodista que estaba resentido porque me había hecho una letra y yo la había rechazado.

P.- ¿Quién es ese periodista?
R.- No debo decirlo. Callarse también son buenas maneras.

P.- Hable mal de alguien, Raphael. Aunque sea de las Spice Girls.
R.- Algo tendrán las Spice, porque a nadie le regalan nada en esta vida.

P.- Tienen marketing.
R.- ¿Y le parece poco?

P.- Hombre, eso es trampa. ¿Y Enrique Iglesias? ¿Qué tiene Enrique Iglesias?
R.- Es un fenómeno fácil de comprender. Su público está compuesto por niñas de 13 años que se vuelven locas por él. Sus conciertos en España no funcionaron bien porque eran caros y a horas muy tardías. Pero tiene un repertorio bastante completo.

P.- ¿Y Manolo Cabeza Bolo? ¿Qué le parece?
R.- ¿Quién...?

P.- Es un cantante que vive en un psiquiátrico. Hace música chapucera, lo sacan para dar conciertos y luego lo vuelven a encerrar.
R.- Soy un ignorante y un gilipollas, definitivamente.

P.- ¿Los del Río?
R.- Me hacen gracia. Han entendido bien su papel en la música y le sacan muchísimo partido.

P.- ¿Rosana?
R.- No le acompaña el físico, pero compone muy bien.

P.- ¿A quién envidia?
R.- El terreno de la envidia me es ajeno. No se me ha perdido nada ahí.


Copyright © 1999-2010 Raphael Worldwide Site