Raphael en Rusia
Manuel Alejandro

Por Rafa Rodríguez.
Fotografía de Matías Costa

EL MUNDO

ES TIEMPO DE PONERLE ROSTRO AL NOMBRE. El problema es que ni el propio interesado se ubica. De repente, ve una foto promocional y se encuentra calcado a Eduardo Sotillos (y parece complacerle), pero cuando un periodista le hace notar su aire con Pepe Domingo Castaño tampoco descarta el parecido. Es que Manuel Alejandro siempre está sacando parecidos, a él y a los que le rodean. A un servidor le ha tocado parecerse, ¡ejem!, a cierto torero joven que no viene a cuento mentar. No, no hay duda: Manuel Alejandro necesita reconocerse en su pellejo, a ver si acaba con esa demoledora manía.

Cuarenta años, o casi, oculto tras las estrellas a las que ha lanzado al cielo de la fama es demasiado. Prácticamente, una vida consagrada a transmitir emociones a través de otros. Otros con otras caras. Manuela, de Julio Iglesias; Yo soy aquel, de Raphael; Háblame del mar, marinero, de Marisol. No, perdón, de Manuel Alejandro. Este gaditano de Jerez de la Frontera, tan grande como afable, señor con clase, estiloso (coordinado de grises y negro, camisas con gemelos e iniciales bordadas en los puños), leído (él dice que nones, pero se enfada cuando descubre que el servicio ha vuelto a retirar los periódicos, entre ellos varias revistas de poesía, de encima de la mesa:

"¿Cómo pueden decir que quedan feos?"), en forma (carrerita diaria a las 8 de la mañana, cigarros sólo después de anochecer), que pide permiso y agradece enfrentarse a la entrevista y las fotos con gafas oscuras, es el compositor vivo más importante de la música popular hispano-americana. Su nombre suena tan alto como el de los intérpretes de sus canciones, y ahora quizá lo haga también su cara.

Etiqueta negra (BMG/Ariola) se llama el milagro -con la apostilla de Canciones de Manuel Alejandro-, un disco tardón por necesario que recopila apenas 18 de las más emblemáticas piezas de su repertorio (en total, unas 500, calcula) en la mayoría de las voces que un día las convirtieron en éxito. En su compañía discográfica hay una cierta obsesión por ponerle la cara del autor a todas estas canciones. Aseguran que jamás había concedido entrevistas y que su imagen nunca había sido sometida a semejante exposición mediática (bueno, lo que es cierto es que la documentación sobre su persona escasea hasta la desesperación).

Por su parte, Manolo, que es hombre de palabras y no de imágenes (si acaso, las imágenes las sugieren las palabras unidas a una melodía), aprovecha para rendir tributo a la memoria de su padre, el músico, compositor y pedagogo Germán Álvarez-Beigbeder -reconocido como uno de los grandes sinfonistas españoles contemporáneos-, que fue el que lo puso en el camino de la música, y para saldar cuentas con su mujer y musa, Purificación, a la que, reconoce, ha robado demasiadas horas de sus 35 años de matrimonio (y cuatro hijas) "por querer atrapar la estrella más hermosa".

Pregunta.-¿De noche se inspira uno mejor?

Respuesta.-La inspiración es un cuento, hombre. La inspiración es trabajar y nada más que trabajar. Y, por supuesto, haber nacido con cierta sensibilidad para captar ciertas cosas. Todo está en el ambiente.

P.-¿Cómo nace entonces una canción de Manuel Alejandro?

R.-Sale para superar un momento de emoción, para capturar un recuerdo o para buscar la risa. Es algo bello y efímero, no tiene mayor trascendencia. Yo nunca he conectado la intelectualidad con la canción. Son detallitos, espuma de la literatura que utiliza el escribidor.

P.-¿Por qué le gusta tan poco el término compositor?

R.-La de compositor es una carrera que dura 18 años. Bueno, 18 años y un día, que digo yo, porque es el día después de licenciarse cuando se demuestra. Y, desde luego, para ser músico no hace falta pasar por el conservatorio.

P.-Pero usted ha estudiado.

R.-Más bien estuve matriculado, ja, ja. Como dejó escrito, creo, Rubén Darío, todo lo que se refiere al arte no es un conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos. Y yo siempre me he llevado mucho por las corazonadas. Aparte, soy de la opinión de que para estar en esto hay que tener la cultura justa.

P.-¿Se considera un artista pop?

R.-Pop, en el sentido de popular, sí. Pero muy a la española, o a lo hispano, si prefieres. ¡Soy más ibérico que el jamón! Me hacen mucha gracia todas esas etiquetas que nos ponéis los periodistas, que si eres pop, punk, ploff... Mira, todo está hecho ya; lo único que hay que hacer es removerlo y capturarlo, vestirlo con el traje de la época.

P.-La verdad es que usted apareció en un momento providencial para la música latina...

R.-Fíjate que yo asisto al entierro de Agustín Lara en México. Y, de alguna manera, me alegraba, porque pensaba que por fin me estaban dejando paso, ja, ja, ja. Fue una época de puente en la música hispana o latinoamericana. Porque entonces lo que triunfaba era lo latino. Hablo de Aznavour, Becaud, José Alfredo Jiménez, Rubén Fuentes... Yo ganaba más dinero en los años sesenta con Raphael del que pudieran ganar los Beatles entonces.

De Manuel Alejandro dicen que no tenía el swing de un Augusto Algueró ni el verbo ponderado de un Serrat (al que tanto admira), pero el triunfo fue suyo. Explotó con Raphael en los 60, para pasarle luego el testigo a Julio Iglesias, Pepa Flores, Massiel, Rocío Jurado, Jeanette, Simone, Emmanuel...(no se extrañen al saber que hoy tiene un puesto en el consejo directivo de la Sociedad General de Autores de España, aunque sólo pise su sede para pedir anticipos, dice). La mejor prueba de que su talento necesita siempre un vehículo diferente es que, cuando grabó tres álbumes con su propia voz a mediados de los setenta, no pasó nada.

P.-¿Qué pesa más, la canción o el cantante?

R.-El cantante, claro. Las canciones las vende el cantante. Yo tengo que pensar en él a la hora de escribir, porque es quien le da el matiz. A veces me preguntan "¿y no le molesta que presenten Manuela como una canción de Julio Iglesias?". Pues, no, mire. Yo soy un hombre de zapatillas y puertas adentro. No me gusta molestar, no tengo mérito alguno. Sólo suerte.

P.-Es usted un mercenario.

R.-Mmm, no lo había pensado. Pero sí, yo hago canciones para vivir. Las canciones se hacen para venderlas, para que entren en los hit parades, es el negocio. Y todas tienen su momento oportuno, su misión en un momento justo.

P.-¿Quién canta mejor sus canciones?

R.-Me quedo muy a gusto cuando las canta Julio Iglesias. Es muy sencillo, no hace aspavientos. Será porque, como buen andaluz que soy, tengo un gran sentido del ridículo.

P.-¿Y qué tal si las interpretaran los jóvenes valores?

R.-De hecho, ya tengo un proyecto. Podría contar con Alejandro Sanz, que es mi ahijado, aunque no lo veo desde el bautizo, ja, ja, ja. O con Luis Miguel, al que le tengo prometido un álbum. Además, estoy trabajando con una chica muy jovencita, cantante excepcional, para lanzarla muy pronto. Se llama María Cabalga, fíjate qué bonito nombre.

Manuel Alejandro califica a los intérpretes que han hecho de sus canciones parte del legado musical latinoamericano de este siglo. Todos, claro, de etiqueta negra.

Rocío Jurado. El temperamento. Ante todo, es la humanidad en persona. Y una voz única, de un terciopelo, un gusto y una afinación exquisitos. Hubiera sido un crimen que se hubiera dedicado a otra cosa.

Isabel Pantoja. Reina de la copla. La borda. Además de su temperamento, es intuitiva y hábil. Quizá esté encasillada, pero es lo que la gente quiere. Por eso triunfó con mi "Caballo de rejoneo".

Los Panchos. La tranquilidad, el amor. Definen una época dominada por el bolero, por canciones hechas para no molestar. No hay más que ver lo que sucede ahora, que vuelve el bolero con tanta fuerza.

Raphael. Es lo inesperado. Un artista único, que resume como nadie la esencia de lo español, del pueblo, con sus virtudes y sus defectos. Si hubiera que definirlo en una palabra, sería el toro.

José Luis Rodríguez "el puma". Ningún romántico ha tenido su voz, sobre todo cuando le hice el primer disco, "Voy a perder la cabeza por tu amor". Luego equivocó su camino con la pachanga, cosas del dinero.

Emmanuel. La bravura. Por algo iba para torero. Su madre era tonadillera. Enamorado de la poesía y de la buena música está más reconocido en América. Aquí ya sólo viene a la feria de San Isidro.

Julio Iglesias. Es el buen hacer, el buen decir, el sentido de la estética, del buen gusto, el no querer molestar nunca, la sencillez. Es como un buen vino, en sus años medios. Con él, estoy tranquilo.

Jeanette. Tenía la voz más pequeña que haya oído en mi vida. Tenían que grabar la voz dos veces en dos pistas. Pero era increíble. Además de "Soy Rebelde", le hice un álbum entero, "Corazón de poeta".


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