Raphael en Rusia
Con Raphael, de gira por el norte

Domingo 9 de diciembre de 2001
Rommel Piña A.
Copiapó

El cantante español se presentó en Chile durante dos semanas

"Er Niño" no come carne y no perdona que lo molesten en su siesta diaria. En Copiapó, no siguieron sus indicaciones. Y no lo pasó tan bien.

Marcos López, alcalde de Copiapó, había escogido sus zapatos nuevos, una camisa amarilla, su corbata dorada favorita y un terno verde que le hacía juego con el tostado de su piel para ir a saludar a su invitado de honor. La cita era a las seis y media de la tarde en el hotel Diego de Almeida, en un salón que su secretaria había acondicionado con Coca Colas, jugos y canapés de tomate con ají.

Corría el miércoles 5 de diciembre y esa noche, Raphael debía estremecer el Gimnasio Techado de Copiapó en honor a los 257 años de la fundación de la ciudad.

A la hora señalada, el cantante español entró raudo y se sentó tras una mesa sin micrófonos. Se alcanzaron a juntar tres grabadoras antes que López dijera sus primeras palabras y le entregara un galvano recordatorio a su invitado. Raphael lo observó y musitó un par de frases hechas. Se arregló su camisa azul y miró hacia el lado. "¿Quién se encarga de esta cosa?", dijo, y abandonó la sala.

"Así son las conferencias de los artistas", afirmó, resignado, el alcalde. "Las personas de su talla se pueden permitir sus licencias y uno tiene que adaptarse no más", agregó.

Raphael había llegado en la mañana a Copiapó, ese Macondo de la Tercera Región, envuelto en un traje azul marino y una estola roja. Carabineros había montado un amplio operativo, pero al ver que no había tumultos, sólo envió un radiopatrulla delante del Toyota Clarus que transportó al artista hasta su morada nortina.

Una señora de piel curtida y tenida dominguera se le acercó en el lobby del hotel Diego de Almeida para pedirle un autógrafo, pero él siguió de largo y le dejó el brazo estirado. "Qué lástima, debe venir cansado de Santiago", dijo Adela, la peluquera que no había conseguido su objetivo.

A la hora de almuerzo, Raphael rechazó la carne y los huevos, y optó por una reineta con panaché de verduras, un helado y un vaso de Corton Errázuriz. Sus compañeros de mesa, sólo mujeres, tomaron una dieta de verduras y frutas.

A las tres de la tarde, el cantante se dirigió a su suite para dormir su siesta diaria de tres horas. No pasaron dos minutos cuando bajó su mánager, Alicia McCarty, con la cara descompuesta: "La habitación que nos dieron da a la calle. Estamos muy cansados y necesitamos dormir. Todos los días tenemos que viajar, saludar, prensa, tour, es muy agotador. No queremos más".

Jorge Espinoza, empresario y productor de la gira (que culminó el viernes), justificó la ofuscación del cantante. "Raphael no duerme. Pasa una hora y se despierta, escribe, planifica lo que va a hacer en un año. Ahora, por ejemplo, está obsesionado en llevar su comedia "Dr. Jeckyll y Mr. Hyde" a Nueva York. Por eso, su siesta es sagrada. Es cuando realmente duerme. Después se mentaliza en el concierto y no habla con nadie".

A esas alturas, en los tres puntos de venta del recital cundían los nervios. La capacidad del Gimnasio Techado supera las 3.800 localidades y no había más de 1.500 entradas vendidas. Como decía el periodista Héctor Naveas, editor del diario "Atacama", "la duda está en si puede convocar como antes o no. Ni Joe Vasconcellos ni Gondwana pudieron, así que hay que ver".

Despedida veloz

A las siete de la tarde, Raphael se puso nuevamente sus anteojos y llegó a la prueba de sonido. Dos horas más tarde comenzó a llegar la gente, de trajes dos piezas o corbata recién planchada, para tomar ubicaciones en la platea del recinto donde juega el equipo de básquetbol de la ciudad y los colegios fiscales hacen gimnasia.

El concierto sonó pésimo, pero eso a nadie le importó. Cerca de la medianoche, el cantante tenía afuera de su camarín unas 50 personas esperando que les autografiara su camisa, una servilleta o un cuaderno de su hijo. Carabineros había cercado a la muchedumbre y el Toyota Clarus mantenía el motor andando. McCarty y Espinoza corrían de un lado para otro. Hasta que, por detrás del edificio, se escuchó el ruido de una van y el gentío entendió que no vería a su ídolo.

Unos metros más allá, Raphael lanzó un saludo a los fanáticos. Llegó al hotel y se encerró en su pieza. Bajó a comer una hora después y ya no volvió a subir. Esperó que llegara el bus de los técnicos que los transportaría esa misma noche a Iquique y se sentó en los primeros asientos con una frazada bajo el brazo. "Aquí duermo mejor", sentenció, y dejó todo su equipaje botado en Copiapó.


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